A punto de cumplir 90 años, y después de 64 de vida sacerdotal, el padre Leopoldo Peláez Arbeláez, nacido en Rionegro, recibió de la Gobernación de Caldas un Decreto de Honores que reconoce una trayectoria marcada por la educación, el liderazgo y el servicio. El gobernador Henry Gutiérrez Ángel exaltó así a quien, además de sacerdote, profesor, rector y formador, fue uno de los hombres que ayudó a cambiar el rumbo de la educación superior en la región.

Su historia comenzó en una vieja casona de Rionegro, de más de 250 años, donde creció junto a sus padres, Leopoldo y Morelia, y sus ocho hermanos: siete mujeres y un hombre. Quizás por eso, cuando se le pregunta por qué decidió ser sacerdote, el padre Leopoldo no encuentra una respuesta precisa. Su vocación comenzó a tomar forma en el Seminario Menor de Buenos Aires, en Medellín, pero la historia quiso ponerle obstáculos desde temprano. Su padre era liberal y, por razones políticas, el arzobispo de entonces había vetado la presencia de hijos de liberales en el Seminario Mayor. Fue monseñor Luis Concha Córdoba, también de pensamiento liberal, quien le abrió la puerta cuando apenas tenía 16 años. Como era demasiado joven para iniciar Teología, esperó enseñando matemáticas en el Seminario Menor, mientras aprendía también latín y griego.
En 1962 fue ordenado sacerdote y comenzó su recorrido pastoral en Caldas. Aguadas fue uno de sus primeros destinos, como capellán del templo de la Inmaculada; luego pasó por Aranzazu y San Daniel, en Pensilvania. Más tarde llegó a Manizales, donde fue profesor y director espiritual durante tres años en el Seminario Menor y posteriormente vicerrector del Colegio Mayor de Nuestra Señora. Los padres sulpicianos vieron en aquel joven sacerdote condiciones para continuar su formación y lo enviaron a Europa. En Roma se graduó en Teología y posteriormente viajó a Madrid, donde obtuvo el doctorado en Teología Pastoral. Regresó a Manizales para seguir enseñando y terminó dirigiendo durante 11 años el Seminario Menor, al que ayudó a transformar en colegio.

El padre Leopoldo nunca entendió la educación como un simple ejercicio académico. Para él, formar significaba abrir posibilidades. Esa convicción lo llevó nuevamente a Rionegro, donde fundó la Universidad Católica de Oriente, con una orientación especial hacia los temas agrarios. Más tarde regresó a la capital caldense con otra idea que parecía difícil de concretar: crear una nueva universidad. Primero se lo propuso al Arzobispo José de Jesús Pimiento, quien ni siquiera dio respuesta a la idea, por lo que convocó a personas como Néstor Buitrago Trujillo, Gabriel Arango Restrepo y Hernán Arango Uribe, quienes juntos llevaron el proyecto al Concejo de Manizales. Buscaban utilizar las instalaciones de la antigua estación del ferrocarril, entonces ocupadas por varias familias. El contexto también los impulsaba: las continuas huelgas en las universidades de Caldas y Nacional dejaban durante largos periodos a muchos estudiantes por fuera de las aulas. En 1979, aquel sueño se convirtió en realidad con el nacimiento de la Universidad Autónoma de Manizales, una institución que desde entonces ha formado generaciones y se ha convertido en parte de la historia educativa de la ciudad. Varios líderes de distinto orden acompañaron a los promotores en la fundación del nuevo Centro Educativo, entre ellos Guillermo Ocampo Avendaño, Emilio Echeverri Mejía, Roberto Rivas Salazar, Hernán Jaramillo Jaramillo, Bernardo Ocampo Trujillo, Pablo Medina Jaramillo, Silvio Botero de los Ríos, Fabio Trujillo Agudelo, Carlos Adolphs García, Ernesto Gutiérrez Arango, Gustavo Larrea Córdova, Humberto Montoya Jaramillo, Enrique Vélez Hoyos, Néstor Buitrago Trujillo y Carlos Eduardo Mejía Valenzuela.
La vida del padre Leopoldo continuó multiplicándose en otros escenarios. Fue capellán del Instituto Tecnológico, la Universidad de Caldas y la Universidad Católica; rector del Colegio Seminario Menor y de la Universidad Cooperativa de Colombia. Durante 12 años dirigió la educación contratada de la Iglesia Católica con el Ministerio de Educación Nacional en diferentes lugares del país. También estuvo al frente de la Fundación Hogares Juveniles Campesinos de Colombia y de la Fundación San Vicente de Paúl de Manizales, además de participar en la creación de otras instituciones. Y cuando parecía que ya había entregado suficiente, apareció otro reto: desde el Consejo Superior de la Autónoma le pidieron ayudar a salvar a la Universidad de Manizales, que atravesaba una profunda crisis económica. Como rector, permaneció tres años y dejó la institución en mejores condiciones, de hecho, como dice él, «ahí continua«.

Hoy, el padre Leopoldo vive en una apacible finca en el oriente antioqueño, acompañado por sus hermanas y por los recuerdos de una vida que difícilmente cabe en una lista de cargos y reconocimientos. Es filósofo, teólogo, licenciado en Teología, doctor en Teología Pastoral y Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Manizales. Ha recibido, entre otras distinciones, la Medalla Honor al Mérito de la Cámara de Comercio de Manizales. Pero quizá uno de sus mayores reconocimientos sea seguir vinculado a aquella universidad que ayudó a fundar hace más de cuatro décadas: después de más de 41 años como miembro del Consejo Superior y su presidente de Junta, ahora continúa como presidente honorario.
El homenaje de la Gobernación de Caldas no solo reconoce al sacerdote que sirvió desde los altares, sino al hombre que entendió que educar era también una manera de servir a Dios, transformar una sociedad y sembrar futuro.




