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domingo, 03 mayo 2026 / Published in Cultura, El Personaje, Manizales

“Pesebre”, el niño que sabe contar historias

Juan Esteban Ocampo habla con la naturalidad de quien aprendió a contar historias viviéndolas. “Yo soy Juan Esteban, más conocido como Pesebre… nací el 8 de noviembre de 2012, en Manizales, orgullosamente caldense”.

Su gusto por la interpretación nació temprano: “He sido un niño muy inquieto… en el colegio nos contaron sobre la colonización antioqueña y yo llegué encantado a mi casa”. Desde ese momento, el juego para él dejó de ser un simple juego y comenzó a parecerse a un recuerdo.

Juan Esteban se metía en la piel de personajes como Fermín López, uno de los primeros en andar estas tierras, y en su imaginación los caminos no eran calles sino trochas abiertas a punta de machete. “Me contaron que así abrían caminos… que se encontraban culebras y que había gente que moría en el trayecto por esos peligros”, recuerda.

Esa conexión no era casual: “Mi familia viene del campo… mi abuela tiene 80 años y todavía vive allá”. Juan Esteban recuerda que fue un 20 de julio de 2018, cuando vio la obra, que sintió que algo en él se encendió. No fue solo el desfile ni los trajes: fue la sensación de estar frente a una historia viva. “Yo presenté el coroteo en mi colegio… hicimos algo parecido con mis padres”.

Desde entonces, casi sin darse cuenta, empezó a quedarse ahí, atrapado en ese universo de ruanas, relatos y memoria. Fue así como, paso a paso, se fue “enamorando de la cultura”, no como una idea lejana, sino como algo que podía habitar, interpretar y hacer suyo.

Antes de entender del todo lo que decía, aún de niño, Juan tenía en su voz una cadencia distinta. “Desde que aprendí a hablar, hablo así… con ese tonito paisa”, cuenta; y no es raro que más de uno lo mire con curiosidad y le pregunte si viene de Medellín. Él sonríe y aclara, con ese mismo acento que lo delata y lo define: «Soy orgullosamente manizaleño”.

El siguiente giro en su historia llegó como llegan las cosas importantes: sin aviso. Fue en un cumpleaños de Manizales, en medio de una celebración en el Monumento a los colonizadores. “Un primo mío que  es arriero y estaba invitado, les dijo; yo voy, pero si me dejan llevar a un primito… ese primito era yo”, recuerda. Aquel día, entre música, trajes y relatos, apareció Dulcinea, su maestra, interpretando un personaje con la naturalidad de quien ya ocupa ese espacio. Juan Esteban la miró apenas unos minutos, los suficientes para que algo volviera a encenderse por dentro. “A los 20 minutos ya estaba siendo parte del show”.

Desde entonces, la palabra empezó a tomar otro peso. Ya no era solo jugar a ser, sino aprender a decir. “Ella dijo en aquel momento que me quería enseñar poesía’”, recuerda, pero la duda apareció de inmediato: “Mi mamá le dijo que yo tenía muy mala memoria’”. Dulcinea insistió, casi como quien reconoce algo que otros aún no ven: “déjeme, déjeme”. Y lo que vino después fue una especie de revelación paciente. Verso a verso, ensayo tras ensayo, Juan Esteban fue descubriendo que la memoria también se entrena con el alma. Hoy, sin darse mucha importancia, lo dice sencillo: “Ya tengo alrededor de 30 poesías en mi repertorio”.

En los años que siguieron, el camino dejó de ser un juego íntimo para abrirse al público. Juan Esteban empezó a recorrer escenarios, a llevar su voz con estilo propio por distintos rincones: “He estado en Caldas, Risaralda, y Quindío… he participado en concursos de poesía”, cuenta, casi con timidez. Lo cierto es que en cada presentación fue afinando su oficio, encontrando su lugar. “En los concursos en los que he participado, he obtenido primeros puestos en costumbrismo”.

El día que dejó de ser “Pesebre”

Y entonces, cuando parecía que su voz ya tenía un rumbo claro, apareció otra puerta. “Hace como dos años, mi profesor Eros me llamó”, recuerda, y lo describe como esos maestros difíciles de encasillar: “son de esos profes de filosofía… almas bellas que uno no entiende”. Fue él quien le propuso un quiebre: “Quiero que usted ya no sea ‘Pesebre’, sino que interprete este personaje”. Se refería a una obra escrita años atrás que pedía volver a la escena, y Juan Esteban aceptó el reto. Durante casi un año la construyeron, palabra por palabra, gesto por gesto.

Lo que le propuso Eros no era fácil de sostener en la voz ni en el cuerpo. “Se trataba de un niño… Heriberto Grueso Estupiñán, de 11 años”, cuenta Juan Esteban, bajando el tono, como si aún cargara el peso de ese personaje. «Era un niño de El Charco, en Nariño, una región muy pobre, que hacía mandados para ayudar a su mamá, una mujer soltera, resistiendo como tantas«.

La obra no pudo competir como esperaban. “Participamos en los Intercolegiados… y porque ya la obra había estado antes, la declararon fuera de concurso”, cuenta, con una mezcla de resignación y aprendizaje. Sin embargo, el escenario a veces reconoce por otros caminos. “A mí me premiaron en aquella oportunidad por  la mejor interpretación y actuación”, dice, casi en voz baja, como si ese logro fuera más una consecuencia que una meta.

Detrás de ese proceso, como una base firme, están sus padres. “Mi mamita se llama Luz Mary… trabaja en la Gobernación. Y mi papá, Gildardo Ocampo Montes, es ingeniero civil y tiene su empresa”. Son ellos quienes acompañan los trayectos, quienes ajustan los tiempos para que el arte también tenga lugar.

Él estudia en el Seminario Menor, donde su vida transcurre entre clases y escenarios improvisados. “Tengo muy buenas amistades… me quieren mucho y yo los quiero a ellos”, dice, y en esa cotidianidad también aparece el personaje: a veces llega con el traje puesto, listo para otra presentación, y entonces las voces de sus compañeros lo rodean con curiosidad y complicidad y le piden que se interprete un verso o una trova.

“Yo escribo coplas… no las improviso todavía, pero estoy aprendiendo”, explica, consciente de que ese es otro camino que exige paciencia. “Es un proceso lento, pero satisfactorio”. Y cuando habla de escribir, lo hace con una certeza que ya no suena a juego: “Sí… es una pasión”.

Juanito y Niki: el juego que se volvió recuerdo

En medio de ese camino aparece otra historia, más íntima, la de su amistad con Nicolás. “Yo soy Juanito y él es Nicolás, pero le gusta que le digan Niki… jugábamos como si estuviéramos en una película de la que hacíamos parte inventándonos historias y actuándolas”, recuerda. De esos juegos nació algo más: “Escribí un mini libro… la zaga de Juanito y Niki, ahí plasmé los sueños, lo que jugábamos juntos”. Era un universo construido entre dos niños que actuaban sus propias historias, hasta que la vida tomó otros rumbos: “Ya nos alejamos un poco… seguimos siendo amigos, pero ese proyecto quedó ahí”. Aun así, ese primer libro, que logró vender por completo en una feria escolar, fue la prueba de que su imaginación podía trascender el juego y convertirse en creación. “Ha sido una experiencia muy bonita para mi familia y para mí”.

Juan Esteban le deja un mensaje claro a otros niños: “Que se interesen por el arte, que lo experimenten, que se den cuenta de lo bonito que es, que lean libros, y que sigan sus sueños, a pesar de todo”.

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