Fotos Alcaldía de Manizales
La Juan XXIII es, en esencia, un diálogo entre el tiempo y la técnica, entre la memoria y la paciencia. La obra de restauración avanza a buen ritmo, pero bajo una lógica distinta a la de cualquier construcción moderna: aquí no se demuele, no se reemplaza sin criterio, no se acelera. Cada intervención exige precisión absoluta y un respeto riguroso por las técnicas originales del bahareque, ese sistema constructivo que mezcla madera, guadua, caña y tierra, y que convirtió a este edificio en la estructura de su tipo más grande de Colombia y una de las más representativas de América Latina.

En medio de ese proceso, el edificio revela su complejidad. No hay planos estándar que guíen la obra: cada muro es distinto, cada pieza tiene su propia historia, cada intervención es casi artesanal. Por eso, el trabajo no solo convoca ingenieros y arquitectos, sino también saberes tradicionales que resultan fundamentales. Carpinteros de restauración, expertos en técnicas antiguas y oficios que parecen de otro tiempo participan activamente en cada fase. “Son procesos que requieren tiempo y detalle”, explica José Nelson Arenas Echeverry, uno de los maestros en obra. “Aquí no solo trabajamos sobre una estructura, sino sobre la memoria de generaciones”. Esa memoria se reconstruye mientras se estabilizan estructuras, se recuperan muros, se consolidan entrepisos y se interviene la cubierta, una pieza clave para controlar la humedad y garantizar la conservación del inmueble. El arquitecto y director del proyecto, Jorge Enrique Martínez Fonseca, lo resume: el avance es sólido, el equipo está articulado y el enfoque es seguridad, detalle y respeto por el patrimonio.
La restauración de la Juan XXIII genera empleo especializado, reactiva oficios tradicionales y pone en valor conocimientos que durante años han pasado desapercibidos. En esta segunda fase, que se extenderá hasta diciembre, se ejecutan intervenciones clave como la restauración de las fachadas sur y oriental, la reposición de cubiertas deterioradas, la terminación de entrepisos, la instalación de carpintería, la recuperación de muros en corredores y la implementación de un sistema contra incendios, incluyendo un tanque de almacenamiento.

La restauración se desarrolla mediante un convenio entre la Alcaldía de Manizales y el Ministerio de Cultura, con una inversión significativa que refleja la importancia del proyecto: solo en esta fase se destinan 18 mil millones de pesos, de los cuales 15 mil millones provienen del municipio y 3 mil millones de la Nación. En total, la intervención ha implicado recursos que superan los 39 mil millones de pesos entre ambas entidades. La cifra no solo habla de inversión, sino de una decisión política y cultural: preservar un símbolo de ciudad. Y es que la Juan XXIII no es un edificio aislado; forma parte de la historia urbana de Manizales, de su tradición educativa, de su identidad arquitectónica marcada por el bahareque, una técnica que surgió como respuesta a las condiciones sísmicas y climáticas del territorio cafetero.
Cuando la obra termine, el edificio no será un museo estático ni una pieza congelada en el tiempo. Estará adscrito a la Secretaría de Cultura y Civismo y se proyecta como un espacio vivo: escenario de actividades artísticas, encuentros comunitarios y procesos culturales. Será, en otras palabras, un lugar donde la memoria no solo se conserva, sino que se activa.




