James Rodríguez le dijo adiós a la Selección Colombia, la camiseta que convirtió en su casa durante 13 años y con la que escribió algunas de las páginas más brillantes de la historia del fútbol colombiano. Lo hizo con las palabras de quien mira hacia atrás, reconoce el camino recorrido y entiende que ha llegado el momento de cerrar una etapa que, más que una carrera deportiva, fue la historia de un sueño compartido con millones de compatriotas.
“Después de muchos años, muchos partidos, muchas alegrías y también momentos duros, siento que llegó el momento de cerrar una de las etapas más importantes de mi vida. Mi camino con la Selección Colombia”, comenzó James en su mensaje de despedida. No fueron palabras de un futbolista que simplemente abandona una convocatoria. Fueron las palabras de un hombre que entendió desde niño el significado de representar a un país y que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más importantes de una generación que volvió a creer en el fútbol colombiano.
Vestir la camiseta amarilla fue para James un sueño, pero también una responsabilidad que nunca dejó de reconocer. Cada vez que entró a una cancha, sabía que no jugaba solamente por él, sino por su familia, sus compañeros y por “millones de colombianos que soñaban con todos nosotros”. En ese camino hubo mundiales, goles inolvidables, noches de gloria y derrotas dolorosas. Estuvo en Brasil 2014, donde se consagró como una de las grandes figuras del planeta y conquistó la Bota de Oro con seis goles. También lideró a Colombia en la Copa América Centenario de 2016 y estuvo presente en los momentos más importantes de una selección que recuperó el respeto internacional y volvió a competir de igual a igual con las grandes potencias.
Pero James no quiso quedarse únicamente con los triunfos. En su despedida también reconoció los días difíciles, aquellos en los que las lesiones, las críticas, las derrotas y las decisiones deportivas hicieron más pesado el camino. “Desde que llegué a la selección, tuve un pensamiento muy claro: que el día que me fuera pudiera sentir que dejaba esa camiseta más arriba de cómo la encontré”, confesó. Y agregó una frase que resume buena parte de su legado: “Quería aportar, quería dejar huella, ayudar a que Colombia creyera, que pudiera competir contra cualquiera”.
Hoy, al mirar hacia atrás, James siente que cumplió. Y no lo dice desde el orgullo individual, sino desde la conciencia de haber pertenecido a una generación extraordinaria. “No fue solamente mío, fue de una generación completa, de muchos compañeros y de todo un país que volvió a soñar en grande”, expresó. En esa generación estuvieron Falcao, David Ospina, Cuadrado, Yepes, Bacca, Carlos Sánchez, Teófilo Gutiérrez y tantos otros nombres que acompañaron el renacer de la Selección Colombia. James fue el número 10, el talento distinto, el capitán en muchos momentos y el futbolista al que un país le entregó la ilusión de volver a celebrar.
También hubo espacio para la familia, para aquellos que estuvieron detrás de cada viaje, cada partido y cada momento complicado. James agradeció especialmente a sus hijos, Salomé y Samuel, quienes fueron una razón para seguir adelante cuando las fuerzas faltaban o la presión se hacía insoportable. “Muchas veces jugué por ellos”, dijo. Quiso que sus hijos se sintieran orgullosos, no solamente por los goles o los triunfos, sino por haber defendido a su país con amor, respeto y entrega. En esas palabras apareció el James más humano, el que detrás de la camiseta número 10 siempre llevó consigo el peso de ser hijo, padre y colombiano.
A sus compañeros, entrenadores, cuerpos técnicos y a todas las personas que hicieron parte de la selección durante estos años, les dejó un agradecimiento sincero. Cada uno, aseguró, dejó algo en su historia. Y a Colombia le entregó quizás la frase más importante de toda su despedida: “Yo me voy tranquilo porque sé que lo di absolutamente todo”. No hay manera más digna de cerrar una historia como la suya.
James Rodríguez se va de la Selección Colombia, pero no se va de la memoria de quienes lo vieron hacer magia con la pelota. Se va el capitán, el goleador, el zurdo de los pases imposibles y de los goles que hicieron gritar a un país entero. Se va un jugador que entendió que la camiseta amarilla no era solamente una prenda, sino una responsabilidad y un privilegio. Ahora vendrán nuevas generaciones, nuevos jugadores y nuevos sueños, como él mismo lo dijo. Pero durante muchos años, cuando Colombia soñó en grande, hubo un número 10 que caminó al frente de ese sueño.
“Gracias por cada recuerdo. Gracias por cada abrazo y gracias por cada momento. Muchas gracias, gracias Colombia”, fueron sus últimas palabras.




