Germán Mejía Gallo
En la Monumental Plaza de Toros de Manizales, donde los aplausos y el arte del toreo se mezclan con la emoción de la tradición, hoy se respiraba un aire distinto: el de la gratitud, la superación y la fe. Allí se reencontró con el ruedo Ricardo Santana, el subalterno que, hace un año, estuvo al borde de perder la vida tras una grave percance durante la Feria de Manizales.
Un testimonio de supervivencia y esperanza
Sentado frente a los micrófonos de Aquí Manizales, Santana compartió su testimonio de supervivencia y recuperación: “Ayer casi pierdo la vida, pero gracias a mi Dios aquí estoy”, confesó con voz firme y agradecida. Sus días actuales están dedicados a la recuperación física y cardíaca, y a servir a su fe: predicar y ayudar a otros a encontrar esperanza en medio de la adversidad.
El accidente que sufrió dejó secuelas duras. Salió de la clínica pesando 41 kilos, debilitado por meses de hospitalización y restricciones alimenticias. Hoy, tras un año de terapias físicas y cardíacas, ha recuperado fuerza, salud y la serenidad que solo da la certeza de una segunda oportunidad: “Gracias a Dios no tengo restricciones alimenticias y he podido recuperar mi peso y energía”, contó, recordando la incansable labor de su esposa Shirley y del equipo médico de la Clínica Santa Sofía e Imbanaco, quienes lo acompañaron en su recuperación.

Un renacer en la plaza que lo vio nacer
“La vida me dio una nueva oportunidad”, afirma con emoción mientras recorre la Plaza que lo vio nacer profesionalmente hace 25 años.
Aquel 7 de julio, el día que salió de la clínica, fue su primer paso hacia la libertad tras meses de dolor y recuperación; llegó con un cuerpo debilitado por la gravedad de las heridas y las numerosas cirugías.
Santana detalla que hoy su vida gira en torno a la recuperación física y espiritual. Con terapias cardíacas y físicas casi a diario, se esfuerza por recuperar energía y movilidad, mientras dedica sus espacios libres a predicar y servir a Dios. “Mi prioridad ahora es servirle a Dios, predicar la palabra y seguir en recuperación”, asegura.
Gratitud eterna a los médicos y su familia
El banderillero recuerda con gratitud a los médicos que le salvaron la vida: desde la Clínica Santa Sofía hasta Imbanaco, pasando por especialistas como la Dra. Florián. “Eternamente agradecido con ellos… fueron seis meses muy duros, de mucho sufrimiento. Sin su ayuda no estaría aquí”, comenta. Su esposa Shirley, a quien describe como su bastión, también fue fundamental en los momentos más críticos.
Santana rememora su trayectoria en los toros, marcada por grandes maestros como Alfonso Vázquez Cedeño y Enrique Calvo, y por noches históricas en la Plaza de Toros de Manizales, con figuras como Luis Bolívar y Andrés de los Ríos. “Hasta el año pasado seguí en el ruedo, pero después de lo que pasó, mi enfoque cambió: primero Dios, luego transmitir valores a los jóvenes y a quienes enfrentan dificultades”, explica.
Hoy, Ricardo Santana se ha convertido en un ejemplo de resiliencia y esperanza. Su mensaje es claro: “Todo es posible con mi Señor Jesucristo. Los sueños frustrados pueden cumplirse si uno se esfuerza y sigue en la lucha. Sin sacrificio no hay victoria”. También busca inspirar a jóvenes y personas en situaciones extremas, recordándoles que siempre hay una oportunidad para seguir adelante.
Confianza en el futuro de la tauromaquia en Colombia
Sobre el futuro de la tauromaquia en Colombia, Santana mantiene la esperanza. Cree que la juventud sigue interesada, que la pasión por la fiesta brava permanece viva y que la nueva administración del país podría abrir caminos para su continuidad. “Ayer vi la plaza llena, gente comprando entradas… hay esperanza y fe en que vamos a salir adelante”, concluye.
Hoy, cuando recuerda aquellos días de dolor extremo en los que incluso llegó a decirle a su esposa “ya, amor, déjame ir, ya no aguanto esto”, Ricardo Santana lo hace sin amargura, pero con la conciencia plena de lo que significó tocar fondo. Aquel hombre vencido por el sufrimiento ya no es el mismo que hoy camina la Plaza de Toros de Manizales con serenidad y gratitud. En su lugar está alguien que aprendió a valorar cada amanecer como un regalo, que convirtió el dolor en propósito y la fragilidad en fe. Su historia no termina en la cornada ni en la sala de cirugía, sino en la certeza de que, incluso en los momentos más oscuros, la vida puede ofrecer una segunda oportunidad para renacer.




