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sábado, 14 febrero 2026 / Published in Medio ambiente, Obituario

Samuel A. Aristizábal: el joven que hizo del vuelo de las aves su misión de vida

Fotos redes sociales

En las últimas horas falleció Samuel A. Aristizábal, estudiante de Biología de la Universidad de Caldas, hijo de la docente manizaleña Marcela Aristizábal y orgulloso hijo de Necoclí, Antioquia. Su ausencia deja un silencio profundo, pero también un eco luminoso imposible de apagar.

“Soy un pajarero apasionado por la naturaleza”. Así se definía Samuel, el joven que a sus 19 años, ya era considerado uno de los pajareros más prometedores del país.

Su historia no comenzó en una universidad ni en un congreso científico. Comenzó a los tres años, en una finca en Santa Rosa de Cabal, rodeado de gallinas y patos. Allí hizo su primer gran amigo: un pato que lo seguía a todas partes. Desde entonces entendió que los animales no eran paisaje, eran compañía.

A los cinco años se mudó a Necoclí, en Antioquia. El mar cambió el horizonte, pero no su esencia: seguía viviendo rodeado de vida. A los 13 creó un blog para mostrarle al mundo los animales de su región. Le tomaba fotos a todo: un grillo, un ave pequeña, cualquier ser que respirara. No solo los fotografiaba, los identificaba. Anfibios, reptiles, mamíferos. Nombrar era su manera de proteger.

A los 14 comenzó a viajar con pajareros que veía en redes sociales. Aprendió de campo, de paciencia, de silencio. El día que registró 120 especies en el Global Big Day lo recordó siempre como “el día más feliz de mi vida”. Allí terminó de enamorarse de un mundo que ya intuía suyo.

Una cámara —regalo de Mauro, su mentor y compañero de vuelo— se convirtió en herramienta y extensión de su mirada. En Necoclí, donde el turismo era playa y mar, Samuel ayudó a mostrar que también había un tesoro al lado esperando ser descubierto. Transformó la narrativa del territorio con ciencia, con pasión y con juventud.

En la Feria Internacional de Aves de Suramérica, en Manizales, no fue un espectador más: expuso, habló, compartió. A su corta edad ya era referente. No por vanidad, sino por coherencia. Porque vivía lo que decía.

Samuel no solo observaba aves. Observaba la vida con respeto. Cada especie registrada era una celebración. Cada salida de campo, una lección de humildad. Cada amigo pajarero, una hermandad.

Hoy su ausencia duele, pero su vuelo sigue en cada niño que levanta la mirada al cielo con curiosidad. Porque Samuel fue eso: un muchacho que aprendió a amar el mundo mirando alas… y que nos enseñó que conservar también es una forma profunda de amar.

Algo más que un estudiante

Samuel no fue solo un estudiante. Fue un joven conservacionista que encontró en las aves una forma de entender la vida. Integró durante siete años el proceso de Guardián de las Aves, donde no solo aprendió a observar, sino a enseñar, a inspirar y a construir comunidad.

La batalla silenciosa

La vida le puso una prueba dura y temprana: el osteosarcoma. Durante dos años enfrentó la enfermedad en Oncólogos del Occidente de Manizales con una valentía serena. Aceptó cada tratamiento con disciplina, fe y una dignidad que sorprendía incluso a los médicos.

Nunca dejó de pensar en los demás. Nunca dejó de hablar de ciencia. Nunca dejó de soñar con aves.

Quienes lo acompañaron coinciden en algo: no fue solamente un paciente. Fue ejemplo. Fue fuerza tranquila. Fue esperanza en medio de la incertidumbre.

Su madre, Marcela Aristizábal, docente y geologa admirada en el Urabá, fue su raíz firme. De ella heredó el temple y la vocación de servicio. De su familia, la ternura. De la naturaleza, el propósito.

Guardián de alas y de afectos

En Guardián de las Aves no hablan de una despedida, hablan de un vuelo que continúa. “Nadie vuela solo”, escribió Niky Carrera Levy, directora del colectivo, al recordar que en medio del dolor apareció la hermandad. La comunidad se convirtió en nido.

Samuel fue parte esencial de ese tejido. Participó en expediciones en Casanare, en el Big Year, en el BirdCamp, en las Charlas Pajareras y en la creación del Comité Educativo del colectivo. Era parte del Semillero de Investigación de Ornitología de la Universidad de Caldas. Generó contenidos científicos con profundidad y sensibilidad. No era espectador: era constructor.

“Samuel no es solo parte de nuestra historia. Es parte de nuestro vuelo colectivo”, expresó.

Sembró propósito.
Sembró ciencia.
Sembró amor por la vida.

El niño que enseñaba a mirar

Para Sandra De Bedout fue “El Maestro de la Luz Pequeña”. Cuando Samuel tenía apenas diez años, le enseñó que la fotografía no consiste en capturar imágenes, sino en honrar instantes. Ella doblaba su edad; él doblaba su capacidad de asombro.

Ese niño curioso se convirtió en mentor de adultos. En noviembre de 2018, durante un simposio educativo en Manizales, su charla recibió la mayor ovación de la jornada. Aquel aplauso todavía resuena en la memoria de quienes lo escucharon hablar con claridad y pasión sobre conservación.

Ganó un fin de semana en la Reserva de Anchicayá durante la Colombia BirdFair de 2019, un viaje que terminó entrelazando familia y aves en una historia que hoy se recuerda con lágrimas y gratitud.

Más allá del tiempo

Samuel amaba la fotografía de naturaleza, la astronomía, los anfibios, los reptiles, los insectos y los mamíferos. Amaba aprender y compartir. Amaba enseñar sin imponer. Amaba con una serenidad que hoy consuela.

Su primo Mauro escribió que el dolor es inmenso, pero también lo es la gratitud por haber compartido su vida. Lo vio crecer, lo vio decidir estudiar Biología, lo vio convertirse en referente para niños que hoy miran el cielo con propósito.

Porque eso dejó Samuel: propósito.

Quienes lo conocieron repiten una certeza que se vuelve abrazo: «cuando un Guardián aprende a amar la vida como él la amó, esa enseñanza no se detiene. Se multiplica«.

Mientras exista un niño que levante la mirada para proteger un ave, habrá esperanza volando sobre nosotros.

Mientras alguien entienda que conservar es un acto de amor,
la vida seguirá encontrando quien la defienda.

Mientras la ciencia se ejerza con ternura, Samuel seguirá enseñándonos que conocer el mundo también es abrazarlo.

El cáncer se llevó al joven, pero la eternidad devolvió al maestro. Y en cada ala que cruce el cielo, en cada lente que capture luz, en cada estudiante que elija la Biología como vocación, su nombre seguirá pronunciándose con gratitud.

Sus exequias se cumplirá este domingo en Jardínes de la Esperanza.

Tagged under: Guardián de las aves, Necoclí, Universidad de Caldas

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