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sábado, 15 agosto 2026 / Published in Catalina Arango Sandoval, Historias de vida, Manizales, Terremoto en Manizales

Catalina, mi Cata: una vida entera caminando a mi lado

Por Matías Cardona

El 10 de agosto de 2026, un terremoto sacudió con fuerza a Manizales y dejó tras de sí varias víctimas, entre ellas Catalina Arango Sandoval, estudiante de Medicina de la Universidad de Manizales, quien perdió la vida tras ser alcanzada por la caída de un muro. Matías, su primo y compañero de vida, la recuerda hoy en Aquí Manizales.  

Desde que tengo memoria estuvimos juntos. Ella era mi prima, pero decir solamente eso se queda corto. Catalina fue mi compañera de vida, mi amiga, mi confidente, mi parche, mi familia y, durante 18 años, mi otra mitad.

Crecimos juntos. Todo lo que me daban a mí se lo daban a ella y todo lo que le daban a ella me lo daban a mí. Estudiamos en el mismo colegio, íbamos juntos todos los días y mis amigos terminaron siendo también sus amigos. Cuando me invitaban, muchas veces estaban invitando a Matías y a Catalina, porque era imposible pensar en uno sin el otro.

Cata se reía muchísimo conmigo. Se reía durísimo de las cosas que yo decía, incluso de las que seguramente no tenían tanta gracia. Y eso era parte de nuestra vida: reírnos, hablar, salir, inventarnos planes. Si estábamos aburridos en la casa, yo le decía: Cata, demos una vuelta, nos sentábamos en un parque o buscábamos cualquier lugar para pasar el rato.

Nos encantaba broncearnos juntos. También nos gustaba muchísimo el vallenato. Salíamos de rumba y podía pasar toda la noche cantando con Cata. Viajábamos juntos. Fuimos a Cartagena, compartimos fiestas con nuestros amigos de Cali y tuvimos tantos momentos que hoy es imposible escoger uno solo. Cuando pienso en ella, me aparecen cientos de recuerdos al mismo tiempo.

Cuando veníamos de vacaciones y nos quedábamos donde mi abuela, dormíamos en el mismo cuarto, muchas veces en la misma cama. Llegábamos de la calle juntos, íbamos al baño juntos, nos lavábamos la cara, nos cepillábamos los dientes y nos arreglábamos. Al otro día hacíamos lo mismo. Así era nuestra vida. Siempre juntos.

No había un día en que no hablara con Catalina. A los dos nos costaba mucho trabajo dormir, así que muchas veces pasábamos la madrugada hablando y hablando. Cualquier cosa, por mínima que fuera, nos la contábamos. Si algo me pasaba, Cata lo sabía. Si algo le pasaba a ella, yo era de los primeros en enterarme.

Cuando ella se fue a estudiar a Manizales, pensé que la distancia podía cambiar nuestra rutina, pero no fue así. Seguimos en contacto todas las noches. No fue triste. Al contrario, ella estaba feliz de estar en la ciudad que yo también quiero. Me contaba de sus estudios, de sus días, de lo que hacía y de todo lo que iba descubriendo. Aunque yo estaba en Cali y ella en Manizales, seguíamos encontrando la manera de sentirnos cerca.

El pasado 21 de julio estuvimos juntos en una fiesta. Compartimos como tantas otras veces, sin imaginar que ese encuentro y esa foto tendría un significado que solamente entenderíamos después. El 25 de julio fue la última vez que nos vimos. Cata regresó a Manizales para continuar con sus estudios de Medicina, mientras yo me quedé en Cali. Nos despedimos pensando, como siempre, que volveríamos a vernos.

Nunca imaginamos que aquella sería la última vez.

Éramos una sola persona.

Escuchábamos la misma música, nos gustaban las mismas tiendas de ropa, hablábamos de los mismos temas. Cuando alguien conocía a uno de nosotros, inevitablemente terminaba conociendo al otro. No había una ocasión en la que Catalina estuviera sin mí o yo estuviera sin ella.

Hasta las cosas más sencillas las compartíamos. Cuando yo iba a peluquearme, muchas veces Cata me acompañaba. A veces nos íbamos solos a un mirador, nos sentábamos a ver el atardecer y podíamos pasar toda la tarde conversando. No necesitábamos un gran plan. Estar juntos era suficiente.

Por eso ahora hay momentos en los que todavía cojo el teléfono para escribirle algo. Me pasa mucho estos días. Pienso en alguna cosa que quiero contarle, busco el celular y por un instante se me olvida que ya no está. Después recuerdo que Cata murió y llega otra vez ese golpe de realidad.

Y es muy difícil.

Porque ella no era solamente mi prima. Era la persona a la que yo le contaba todo.

Cata quería que yo fuera profesional. Me ayudaba a estudiar y con las tareas,  siempre estuvo pendiente de mi universidad. Yo sé que ella quería verme graduado. Sé que se moría porque terminara mi carrera y que pudiera irme de intercambio, cumplir mis sueños y salir adelante.

Por eso ahora mi carrera tiene otro significado.

Graduarme es también una motivación por ella. Cada vez que tenga un momento difícil voy a pensar en Cata. Voy a recordar que ella quería verme convertido en profesional y que, de alguna manera, tengo que llevarla conmigo hasta ese momento.

Ya no podrá estar físicamente para verme recibir el diploma, pero sé que será una de las personas más felices ese día.

Hay una frase que Cata me escribió alguna vez y que hoy tiene un significado completamente diferente. Me decía: “Nunca nos podrán separar si yo te amo”.

Y pienso mucho en eso.

La vida nos separó de una manera que jamás imaginamos. Ella llegó a Manizales desde el Cauca para estudiar Medicina. Tenía apenas 18 años y estaba comenzando a construir su futuro. Tenía sueños, planes y toda una vida por delante.

Y un terremoto terminó con todo eso.

Pero no pudo terminar con nuestra historia.

Porque me quedé con todos los recuerdos; con sus risas, con nuestras conversaciones, con los viajes, con las fiestas, con el vallenato, con los atardeceres, con las madrugadas hablando, con las tareas que hicimos juntos y con todos esos momentos que parecían normales, pero que hoy son los recuerdos más importantes de mi vida.

Uno nunca sabe cuál será el último minuto con una persona. Creía que siempre habría otro viaje, otra fiesta, otra conversación, otro paseo, otro atardecer. Con Cata yo pensaba que tendríamos toda la vida para seguir haciendo cosas juntos.

Hoy no quiero recordarla por la manera en que murió. Quiero recordarla por cómo vivió.

Quiero recordarla riéndose. Quiero recordarla cantando vallenatos conmigo. Quiero recordarla acompañándome. Quiero recordar nuestras salidas, nuestros viajes, nuestras conversaciones y todas las veces que simplemente estuvimos juntos sin necesitar nada más.

Cata tenía 18 años. Toda una vida por delante, llegó a Manizales buscando ser médica. El destino quiso que su vida terminara aquí, pero también hizo que dejara en esta ciudad una historia que nunca vamos a olvidar.

Sé que voy a extrañarla todos los días.

Le seguiré escribiendo cuando me pase algo. Seguiré buscando su nombre en el teléfono, escuchando una canción y pensando siempre en ella. Seguiré recordando nuestras conversaciones y seguramente muchas veces voy a sentir que me falta algo.

Pero también sé que tengo que seguir.

Y cuando llegue el día de mi grado y finalmente sea profesional, miraré hacia arriba pensando en Cata, porque sé que eso era lo que ella quería para mí. Y porque, aunque ya no pueda caminar a mi lado como lo hizo durante 18 años, Catalina seguirá siendo mi compañera de vida. Para siempre.

Tagged under: Catalina Arango Sandoval, Terremoto en Manizales

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