Durante cerca de cinco años, Catay Café Cultural fue mucho más que un establecimiento comercial ubicado en el segundo piso del Centro Cultural y de Convenciones Teatro Los Fundadores. Bajo la dirección de Rubén Darío Arroyave Alzate, gestor cultural y empresario de Neira, se convirtió en un punto de encuentro para la ciudad, artistas, escritores, músicos, poetas, periodistas y ciudadanos que encontraron allí un lugar para conversar, compartir y hacer cultura. El nombre, que ya pertenecía a la memoria de Manizales por el reconocido grill que décadas atrás funcionó en el mismo lugar, fue recuperado por Arroyave para darle un nuevo significado y convertirlo en un café cultural abierto a todos.
Catay también tuvo un vínculo especial con el periodismo de Manizales. Sus mesas fueron escenario para entrevistas, programas y encuentros del Consejo de Redacción, espacio en el que periodistas de la ciudad conversaban periódicamente con representantes de los sectores público y privado sobre los principales asuntos de la capital caldense. Así, el café se convirtió en un lugar donde la conversación tenía un papel central, mientras diferentes expresiones artísticas como la poesía, la trova, la música, los recitales y los sainetes encontraban un escenario cercano para llegar al público.
Uno de los lugares más recordados fue su terraza, concebida con el respaldo de entidades públicas, el Patrimonio Histórico y el Ministerio de Cultura. Desde allí se podía contemplar una panorámica especial de Manizales, con la Catedral, los atardeceres, el Nevado del Ruiz y el paisaje urbano como protagonistas. El sitio ganó un lugar especial durante la época de ferias, cuando muchos ciudadanos acudían para observar los desfiles desde un punto privilegiado, convirtiéndose en parte de las experiencias que quedaron asociadas a la historia reciente de Catay.
La propuesta cultural estuvo acompañada por una identidad gastronómica propia. El café de la casa, las aromáticas, las tradicionales migas, la caspiroleta, sus jugos y otros productos, hicieron parte de una oferta que complementaba el ambiente del lugar. Sin embargo, el verdadero sello lo puso Rubén Darío Arroyave, quien asumió su papel de anfitrión y entendió que un café cultural debía ser, ante todo, un espacio para recibir a la gente. En Catay, el producto servido en la mesa compartía importancia con las historias, las conversaciones y los encuentros de quienes llegaban.
La despedida, a partir de este miércoles 26 de agosto de Catay Café Cultural, deja en Manizales la sensación de perder un pequeño territorio donde la cultura encontraba refugio en medio de la cotidianidad. Fueron años de mesas compartidas, conversaciones y momentos que terminaron convirtiéndose en memoria. Su historia demuestra que hacer ciudad también puede consistir en crear lugares sencillos donde las personas puedan encontrarse, escuchar y compartir.





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