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martes, 07 abril 2026 / Published in El Personaje, Manizales

Hija del Volcán, tras las huellas de su madre en Manizales

Fotos seminci.com/peliculas/hija-del-volcan/

Jenifer de la Rosa camina por las calles de Manizales con una pregunta que no la abandona: ¿dónde está su madre? No es una búsqueda reciente, pero sí cada vez más urgente. Lleva años reconstruyendo fragmentos de una historia que comenzó en medio del caos de la Tragedia de Armero, cuando siendo apenas una recién nacida fue dejada en un albergue, al cuidado de una socorrista, mientras el país intentaba entender la magnitud del desastre. Desde entonces, el nombre de Dorian Tapasco Téllez es la única pista firme que ha tenido entre las manos.

La historia comienza en medio de una de las noches más oscuras del país: la Tragedia de Armero. Mientras Colombia miraba el asalto al Palacio de Justicia, días después el Nevado del Ruiz arrasaba con pueblos enteros, dejando miles de muertos y una herida abierta que aún no cierra. Entre el caos, el barro y la desesperación, una madre tomó una decisión imposible: dejó a su hija recién nacida en manos de una socorrista de la Cruz Roja, en un albergue de Manizales. Ese fue el punto de partida de una vida marcada por la ausencia, pero también por la búsqueda.

Creció en España, entre el cuidado amoroso de una familia que nunca le ocultó su origen, que le mostró el Nevado en fotografías, que subía el volumen del televisor cuando jugaba la selección Colombia, como si en ese sonido también viajara un pedazo de su identidad.

Pero había algo que no podían darle: el espejo. “Buscaba a alguien que se pareciera a mí”, recuerda. En una ciudad donde casi no había inmigración, su rostro era un recordatorio constante de que su historia venía de otro lugar. Esa pregunta, ¿a quién me parezco?, la acompañó siempre, creciendo en silencio hasta convertirse en necesidad.

A los 30 años, Jenifer decidió buscar respuestas. Regresó a Colombia con una maleta llena de documentos incompletos y versiones contradictorias. Sabía que su madre la había dejado en un albergue, posiblemente en Manizales, antes de desaparecer para siempre. De su padre, apenas una certeza dolorosa: habría muerto en la tragedia. Su rastro parecía diluirse entre archivos borrosos y testimonios fragmentados. Pero Jenifer no era solo una sobreviviente; era también periodista. Y convirtió su propia historia en una investigación, en una forma de reconstruirse. Buscó nombres, pidió ayuda, contrastó datos, siguió pistas como quien arma un rompecabezas emocional donde cada pieza duele.

Tocó puertas: fundaciones, notarías, la Registraduría, el ICBF. Pero en lugar de respuestas encontró vacíos. Nadie parecía existir con ese nombre. Los archivos no coincidían. Las versiones se contradecían. Y entonces entendió que su historia no era una excepción, sino parte de un rompecabezas mayor: niños desplazados, identidades cambiadas, adopciones apresuradas en medio del desastre. “Nos pusieron donde pudieron”, dice, entre la comprensión y la herida.

Fue en ese camino donde ocurrió uno de esos milagros silenciosos que no hacen ruido, pero lo cambian todo: encontró a su hermana. También sobreviviente. También arrancada de su historia y entregada en adopción. Dos vidas separadas por el caos de una tragedia y reunidas décadas después, como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa para permitirles mirarse. Su hermana, Ángela Rendón, que hoy vive en Barrancabermeja, tampoco sabe qué pasó con su madre. Juntas comparten ahora no solo la sangre, sino la ausencia, la incertidumbre, la herida abierta de una historia que aún no termina de cerrarse.

David Canós Gandía, su compañero de vida, ha sido testigo de ese viaje interior. Habla de momentos duros, de silencios que pesan más que las palabras, de encuentros que transforman. La película que han construido juntos no es solo un documental: es un acto de honestidad. Allí está el dolor, pero también la dignidad de quienes buscan. Porque Jenifer no solo se busca a sí misma; también da voz a muchos otros niños de Armero que sobrevivieron y que, 40 años después, siguen siendo buscados por sus familias. Algunos, como ella, crecieron lejos, en otros países, con otra lengua, con otro nombre.

Volver a Manizales no ha sido fácil. Al principio fue un viaje casi íntimo, siguiendo los pasos de aquellos documentos que su padre guardó con cuidado: la notaría, el hotel, los registros. Era, de alguna manera, ver nacer a su familia adoptiva. Pero con el tiempo la experiencia se volvió más compleja. Porque en esas mismas calles también vive el dolor de una madre que, según siente Jenifer, no fue escuchada ni protegida. “Aquí pasó algo que no debió pasar”, reconoce. Y aun así, entre esa tensión, encuentra personas que la ayudan, paisajes que la abrazan, y un volcán que permanece como símbolo de todo: destrucción y origen.

Jenifer convirtió su historia en un relato mayor. Como periodista, decidió contar lo que viven muchos adoptados: esa lucha interna entre la gratitud y la necesidad de saber. “No es desamor”, dice, “es identidad”. Su búsqueda también es la de otros. Porque hay madres que aún esperan, familias que siguen preguntando por hijos que fueron declarados vivos y nunca regresaron. Armero no es solo pasado; es una herida activa que sigue reclamando verdad.

Hoy, Jenifer sigue buscando. Busca a su madre. Busca entender qué ocurrió realmente en aquellos días de desorden y dolor. Busca completar su historia, aunque sabe que tal vez nunca lo logre del todo. Pero en ese camino ha encontrado algo igual de poderoso: la certeza de que su vida, arrancada del barro, no se perdió. Sobrevivió. Y ahora, paso a paso, palabra a palabra, intenta volver a nacer.

Este relato, que hoy cobra vida en el documental Hija del Volcán, protagonizado por Jenifer, es el resultado de años de búsqueda, encuentros y verdades reconstruidas paso a paso. Su historia dejó de ser solo suya para convertirse en la voz de muchos: de los hijos que no regresaron, de las madres que aún esperan, de las identidades que quedaron suspendidas desde la Tragedia de Armero. Jenifer volvió para entender quién es, pero también para recordarnos que la memoria sigue viva, que el pasado insiste en ser escuchado.

Tagged under: Hija del Volcán, Jenifer De La Rosa

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