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La historia de Alonso “Pocillo” López es la de un futbolista que desafió su propia posición, dejó huella en Millonarios y regresó a su tierra para reinventarse en el Once Caldas, donde su talento lo terminó convirtiendo en leyenda.
Hay futbolistas que cumplen con su rol. Y hay otros, como Alonso “Pocillo” López, que lo transforman.

Nacido en Manizales el 27 de mayo de 1956, “Pocillo” creció con el balón como brújula y el talento como destino inevitable. Su historia comenzó lejos del ruido de los grandes estadios, pero muy pronto encontró en Bogotá el escenario perfecto para despegar. En el barrio La Estrada empezó a tejerse el carácter de un jugador que, sin saberlo aún, terminaría marcando época en el fútbol colombiano.
En 1974 debutó con Millonarios, el equipo que se convertiría en su casa, su vitrina y su leyenda. Desde el lateral izquierdo, “Pocillo” no solo defendía: interpretaba el juego. Tenía salida limpia, criterio para proyectarse y una inteligencia táctica poco común para su posición. En tiempos donde el lateral era más obrero que artista, él rompió el molde.

Fueron once años vestidos de azul —en dos etapas—, 341 partidos y 16 goles que no solo cuentan una estadística, sino una historia de fidelidad y jerarquía. Con Millonarios fue campeón y, para muchos, el mejor lateral izquierdo que ha tenido el club. No por velocidad ni por fuerza, sino por algo más escaso: la comprensión del juego.
En 1981 hizo una pausa en su historia capitalina para vestir la camiseta del Independiente Medellín, en una cesión que lo llevó a probar otros caminos. Pero su esencia siempre estuvo ligada al embajador. Regresó a Bogotá, volvió a ser referente y cerró su ciclo en Millonarios en 1985.

Sin embargo, el fútbol le tenía guardado un último giro.
El Pocillo López fue seleccionado en 1985 junto a destacados jugadores como Hernán Darío Herrera, hoy técnico del Once Caldas, Luis Eduardo Reyes, Luis Norberto Gil, Víctor Espinosa, Pedro Antonio Zape, Ascisclo Córdoba, Didí Valderrama, Arnoldo Iguarán, Pedro Sarmiento y Germán Morales. El equipo fue dirigido en ese entonces por el reconocido técnico Gabriel Ochoa Uribe.

En 1986, “Pocillo” volvió a casa. El Once Caldas lo recibió, pero no como el lateral que Colombia conocía. El tiempo, la experiencia y la visión lo habían transformado. Ya no corría la banda: ahora pensaba el juego desde el medio. Se convirtió en volante creativo, en conductor, en cerebro. Fue de la mano de Francisco Maturana, quien debutaba como técnico profesional en el equipo manizaleño, el que le dio esa posibilidad de Jugar como volante ofensivo, aprovechando la exquisitez de su fútbol.
Y fue allí, en esa versión final de su carrera, donde muchos recuerdan su faceta más brillante.
Porque no es común que un defensor se reinvente como creador. Y menos que lo haga con la solvencia y el brillo con el que “Pocillo” lo logró en Manizales. Su fútbol, más pausado pero más profundo, lo convirtió en una de las figuras más rutilantes del equipo en aquella época.
Fue su despedida. Y también su consagración como un jugador distinto.

Manizales lo vio nacer. Bogotá lo hizo grande. Y el Once Caldas lo convirtió en eterno.
“Pocillo” no solo jugó al fútbol: lo interpretó. Y en ese lenguaje silencioso del balón, dejó una huella que todavía hoy se recuerda en las tribunas, en la memoria y en la historia.




