La cultura y el arte colombiano están de luto tras la repentina partida de Ángela María Mejía Vallejo, quien falleció en el municipio de El Retiro, dejando un legado profundo en la pintura, la música y la literatura. Su vida estuvo marcada por una sensibilidad especial y una conexión permanente con las tradiciones y expresiones culturales de su tierra.
La tarde cae lenta sobre la Plaza de Toros de Manizales, y en el torreón, ese que guarda historias de feria, de música y de faenas eternas, parecen respirar aún los colores de Ángela María Mejía Vallejo. No es solo pintura lo que habita allí: es memoria viva. Es su trazo convertido en identidad, en fiesta, en ese eco profundo que deja el arte cuando se mezcla con el alma de una ciudad. Hoy, tras su partida en El Retiro, Manizales la recuerda no en silencio, sino en la intensidad de su obra.

Ángela María no fue únicamente pintora. Fue cantora de fe, de tradición y de sentimiento. En más de una Feria de Manizales elevó su voz para cantarle a la Virgen de la Macarena, como si cada nota fuera también un pincelazo invisible sobre el aire. Vivió la plaza no solo desde el arte, sino desde la vida misma, acompañando también el camino de su hijo, el novillero Santiago Sánchez Mejía, a quien le hablaba de torear “despacio”, con esa cadencia que solo entienden quienes sienten el tiempo como parte del arte.
Su obra, como su vida, fue intensa y profundamente ligada a la cultura. Antioqueña de nacimiento, encontró en el color una manera de contar historias, de retratar símbolos, de darle forma a esa Colombia íntima que no siempre se ve, pero que se siente. En el torreón dejó personajes, gestos y escenas que dialogan con la tradición taurina y con la esencia festiva de una ciudad que la acogió como propia. Allí, su pintura no decora: narra, vibra, permanece.

Pero quizá su legado más profundo está en sus palabras, en esa manera suya de entender el arte como destino: “El arte no se muda”, escribió alguna vez, como quien sabe que lo que nace con el alma no se apaga con la vida. En sus cartas, en sus reflexiones, en sus declaraciones apasionadas sobre el toreo y la belleza, Ángela María dejó claro que vivía con la misma intensidad con la que creaba.
Hoy, mientras el recuerdo se mezcla con la nostalgia, es fácil imaginarla cruzando ese umbral invisible hacia lo eterno: castañuelas en mano, cantando un Ave María que ya no resuena en la plaza, sino en la memoria de quienes la escucharon. Su partida no borra su presencia. Al contrario, la multiplica. Porque en cada trazo del torreón, en cada feria, en cada evocación, seguirá viva, despacio, como ella misma decía, como planean las águilas seguras de su vuelo.





