Nuestra ciudad revela su verdadera dimensión a través de su gente. Cuando llega la dificultad, son las manos que ayudan, los corazones que acompañan y la solidaridad que se multiplica las que permiten medir la grandeza de una comunidad. En Manizales la historia se escribe desde el Coliseo Menor.

Allí, en medio de un escenario que normalmente está destinado al deporte, se levanta una especie de corazón silencioso de la solidaridad. Cientos de cajas, bolsas, mercados, elementos de aseo, productos para bebés, colchonetas, almohadas y cobijas esperan organizadamente su destino. Todo tiene un propósito: llegar a las familias que perdieron parte de su tranquilidad, de sus casas y, en algunos casos, casi todo lo que tenían, después del terremoto del pasado 10 de agosto.
Detrás de cada paquete hay una historia. Está la persona que llegó con un rollo de papel higiénico, la que compró un kilo de arroz, la que entregó aceite, azúcar o pañitos húmedos. Está también quien apareció con un camión cargado de ayudas desde Medellín, Bogotá, Neiva u otras ciudades. Y están quienes, sin hacer ruido, llegan para trabajar como voluntarios, cargar, descargar, contar, clasificar y empacar.

En medio de ese movimiento está Juliana Londoño, primera gestora del municipio, quien ha asumido una tarea que va mucho más allá de organizar donaciones. Su trabajo, junto al de decenas de funcionarios y voluntarios, consiste en convertir la solidaridad espontánea de miles de personas en ayudas ordenadas, verificadas y destinadas a quienes realmente las necesitan.
La operación es minuciosa. Todo producto debe ser nuevo y contar con fecha de vencimiento cuando corresponda. Las donaciones llegan a una primera mesa, donde son revisadas y clasificadas. Después pasan al inventario y finalmente a los lugares donde se arman los diferentes kits: mercado, aseo, aseo para bebés y el denominado kit noche, compuesto por colchoneta, almohada y cobija.
Incluso los elementos para los bebés están organizados por edades: de cero a un mes, de uno a tres meses, de tres a seis meses, de seis meses a un año y de uno a tres años. Porque ayudar también significa entender que un bebé no puede recibir cualquier alimento o cualquier producto.

Las ayudas no se entregan indiscriminadamente. Para acceder a ellas se requiere el llamado papel azul, expedido por los organismos de socorro y que acredita a una persona o familia como damnificada por este terremoto. En el documento queda además registrado qué ayuda recibió y en qué fecha.
Es la manera de evitar abusos, de garantizar que los recursos lleguen a quienes realmente los necesitan y de mantener un inventario que permita saber cuánto se ha recibido y cuánto se ha entregado.
Hasta ahora, la dimensión de esa solidaridad impresiona. Según explicó Juliana Londoño, ya se han recibido más de 200 toneladas de donaciones y cerca de 150 toneladas han sido entregadas. También se han distribuido alrededor de 10.000 kits, una cifra que permite entender la magnitud de la emergencia y, al mismo tiempo, la respuesta de la ciudadanía.
Pero quizás lo más conmovedor no está en las toneladas ni en las cifras: Está afuera.
Está en Milán, donde alguien llega con un caldo de gallina caliente. En el centro, donde aparece una persona con sandwiches. En un barrio donde una familia prepara comida para desconocidos. En quien compra un mercado y decide entregarlo. En quien dona unas horas de su tiempo para cargar una caja.
Son pequeñas historias que juntas, cuentan una historia enorme: Manizales no está sola.
De esa espontaneidad nació también la estrategia de las Cocinas Solidarias, una iniciativa que permitió organizar a quienes comenzaron a preparar sandwiches, hamburguesas, perros calientes y otros alimentos para los damnificados, voluntarios y equipos de atención. La idea fue sencilla pero poderosa: unir esfuerzos para evitar que la solidaridad se desperdiciara y garantizar que la comida llegara donde realmente hacía falta.
Así, mientras unos reconstruyen paredes, otros reconstruyen confianza.
Mientras los ingenieros revisan viviendas y determinan cuáles pueden ser habitadas, alguien prepara un mercado. Mientras una familia espera saber dónde podrá vivir, otra familia abre su despensa para compartir lo que tiene.
Y en medio de todo esto hay una frase que resume el espíritu de estos días: hay alguien que está peor que uno y la mejor manera de ayudar es donando, ya sea en especie o con las propias manos.
La tragedia también ha puesto a prueba a quienes tienen responsabilidades públicas. Juliana reconoce que su esposo, el alcalde Jorge Eduardo Rojas, ha vivido jornadas extenuantes, comenzando desde las primeras horas de la madrugada y recorriendo los sectores afectados. No se trata solamente de estar en una oficina. La presencia, en una emergencia, también significa escuchar, mirar directamente el daño y responder frente a quienes esperan soluciones.
Hay algo que esta tragedia ha dejado claro: ninguna administración, ninguna institución y ninguna persona puede enfrentar sola una emergencia de esta magnitud.
Se necesita de la Cruz Roja, la Defensa Civil, los organismos de socorro, los ingenieros, los funcionarios, los voluntarios, los empresarios, los comerciantes, los restaurantes y, sobre todo, de los ciudadanos.
Incluso hubo un momento que parece pequeño, pero que dice mucho: tuvieron que devolver voluntarios porque, por ahora, ya había suficientes manos en algunos puntos de acopio.
En medio de una tragedia, eso también es una buena noticia.
Significa que la ciudad respondió. Significa que cuando se necesitó ayuda, aparecieron miles.
El terremoto dejó heridas que no se van a cerrar en días. La reconstrucción será larga, costosa y dolorosa. Muchas familias tendrán que esperar soluciones durante meses. Algunas pérdidas nunca podrán recuperarse.
Entre los escombros también apareció algo que quizás no estaba en ningún cálculo: una ciudad capaz de abrazarse a sí misma.
Hoy el Coliseo Menor está lleno de mercados y elementos de primera necesidad. Mañana quizá ese espacio vuelva a llenarse de deportistas. Pero quedará en la memoria de muchos como uno de los lugares donde Manizales demostró que, cuando la tierra tiembla y todo parece derrumbarse, todavía hay algo que permanece de pie: la solidaridad de su gente.
Un mercado puede durar cuatro o cinco días.
Una cobija puede acompañar una noche.
Una ayuda puede resolver una necesidad inmediata.
Pero el gesto de quien entrega lo que tiene para que otro pueda estar un poco mejor deja algo que dura mucho más.
Deja esperanza.
Y hoy, en una ciudad golpeada, esa esperanza también hace parte de la reconstrucción.




