Llegó a Manizales siendo un niño, conoció el hambre, trabajó desde los 13 años, levantó una familia, enfrentó la pérdida de un hijo y construyó un negocio que es referente de la ciudad. Esta es la historia de Ramiro Giraldo, un hombre que encontró en el esfuerzo diario la fórmula para salir adelante.
La historia de Ramiro Giraldo Garzón comienza lejos de las vitrinas, de los clientes y de las famosas migas que hoy atraen visitantes de diferentes ciudades. Comienza en San José, Caldas, desde donde llegó a Manizales en 1966 cuando apenas tenía 10 años. Lo hizo acompañado de sus padres y de una familia numerosa que enfrentaba enormes dificultades económicas. Eran tiempos duros, de esos que dejan huellas imborrables en la memoria.

El legado de sus padres
Recuerda que su padre, José Gerardo Giraldo, profesor de profesión, tomó una decisión que marcaría para siempre la vida de la familia: instalarse en el barrio San Jorge. Aunque la pobreza era extrema, quiso que sus hijos crecieran en un entorno digno. Eran diez hermanos compartiendo sueños y necesidades. Algunas veces alcanzaba para desayunar, otras para almorzar, pero no para ambas cosas. Sin embargo, en medio de las limitaciones, nunca faltó la convicción de que podían salir adelante.
Con emoción habla de su madre, Virgelina Garzón, una mujer que antes de cumplir 35 años ya había dado a luz a once hijos. La describe como una luchadora incansable, dedicada completamente al hogar y al bienestar de sus hijos. Hoy, cuando mira hacia atrás y observa a todos sus hermanos realizados, siente que el mayor homenaje que puede rendirles a sus padres es reconocer que todo lo que son se lo deben al ejemplo que recibieron en casa.
No tuvo con qué estudiar
La vida académica también le sonrió. Fue uno de los mejores estudiantes de primaria en Manizales y logró ingresar al Instituto Universitario gracias a sus excelentes calificaciones. Sin embargo, la realidad económica golpeó nuevamente. Apenas pudo cursar primero de bachillerato. Una conversación con su padre cambió su destino. “Mijo, no le puedo dar más estudio, solo me alcanza para los más grandecitos”, le dijo. No hubo reproches ni lamentos. En aquella época la palabra de los padres era ley. Ramiro entendió el mensaje y salió a buscar trabajo.
El trabajo, escuela de vida
Con apenas 13 años comenzó como mensajero en el almacén Fabio. Lo que para muchos habría sido una derrota, para él se convirtió en una escuela de vida. Aprendió a ganarse el sustento, a ayudar en casa y a valorar cada peso conseguido con esfuerzo.
Luego trabajó en otros negocios de la ciudad hasta regresar años después, en 1975, al almacén donde consolidó buena parte de su experiencia comercial. Allí también encontró el amor, pues terminó enamorándose de la hija de su patrón, quien se convertiría en su compañera de vida.
“Don Fabio nunca me liquidó, me decía, que liquidación le voy a dar si usted se quedó con mi hija”, lo cuenta Ramiro entre risas recordando aquel pasado.
La historia del Málaga

En 1988 llegó una de las decisiones más importantes de su existencia. Sin tener dinero propio, asumió el reto de quedarse con un pequeño negocio que costaba 3 millones 200 mil pesos, una cifra considerable para la época. Comenzó prácticamente desde cero, vendiendo la poca mercancía que tenía a la mano y reinvirtiendo cada ganancia. Con paciencia y disciplina fue transformando aquel local en un negocio reconocido por generaciones de manizaleños.
Aunque oficialmente se llama Miscelánea Versalles, para muchos seguirá siendo simplemente “El Málaga”. Un nombre que quedó grabado en la memoria colectiva y que hoy sirve como punto de encuentro para amigos, vecinos y visitantes. Entre esas paredes crecieron sus tres hijos, Diana, Santiago y Carlos Andrés, y se construyeron innumerables historias familiares.
No todas fueron alegrías. Su voz se quiebra al recordar a Carlos Andrés, quien falleció hace dos décadas cuando estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad Nacional. Un viaje a Medellín terminó en tragedia. El dolor permanece intacto, aunque el tiempo haya pasado. Es una de esas heridas que nunca terminan de cerrar, pero que aprendió a llevar con la misma fortaleza con la que enfrentó todas las dificultades de su vida.
Las migas conquistaron la ciudad

Hace cerca de diez años, una idea sencilla cambió nuevamente el rumbo del negocio. Su esposa propuso preparar las migas tradicionales que elaboraban las madres de antaño.
Lo que comenzó como una prueba se convirtió en un fenómeno gastronómico. Hoy son muchos los clientes que aseguran que las migas de don Ramiro son únicas. Personas de Pereira, Armenia y otras ciudades llegan hasta Versalles para probar un producto que se volvió símbolo de tradición y nostalgia.
El fútbol, su pasión
La otra gran pasión de Ramiro siempre ha sido el fútbol. Hincha del Once Caldas desde la infancia, recuerda con emoción los días de la tribuna de Gorriones en el antiguo Palogrande. Muchas veces llegaba sin haber almorzado, pero eso poco importaba cuando tenía la posibilidad de ver jugar al equipo de sus amores. Conserva anécdotas entrañables de aquella época, de los muchachos que burlaban los controles para entrar al estadio y del respeto solemne que despertaba el Himno Nacional antes de cada partido.

Recuerda jugadores legendarios como Chalo González, Osvaldo Pérez, Dante Lugo, Palavecino, Óscar Milber Barreto y técnicos como Javier Álvarez y Juan Carlos Osorio, además de numerosos protagonistas que marcaron la historia del Once Caldas.
Entre las anécdotas que más recuerda está la visita del recordado Lobo “Fischer”, un delantero con un estilo muy particular. “Recuerdo que en una oportunidad trajeron al Lobo ‘Fischer’, un jugador mundialista, que no hacía goles, se los ponía a sus compañeros de cabeza, pero los celebraba con la tribuna como si hubieran sido suyos”, rememora con una sonrisa.
Un capítulo especial merece la presencia constante de destacados periodistas deportivos que han pasado por su negocio. Entre ellos se destacan Javier Giraldo Neira, Carlos Antonio Vélez, Esteban Jaramillo, Javier Hernández, Mario César Otálvaro, Mauricio Trujillo y Wilmar Torres, quienes encontraron allí un espacio para el análisis, la conversación y el encuentro alrededor del deporte.
También guarda con especial orgullo el recuerdo de la noche en que el Once Caldas conquistó la Copa Libertadores de 2004. Vivió aquella histórica jornada junto a sus esposas e hijos, en medio de una multitud emocionada que celebró uno de los momentos más importantes para el deporte de la ciudad. Para él, ese título sigue siendo uno de los mayores logros deportivos que ha vivido Manizales.
Más allá de las figuras reconocidas, asegura que lo que más valora son las historias compartidas y las relaciones humanas construidas a lo largo del tiempo. “Por mi negocio han pasado entrenadores, periodistas, dirigentes deportivos y personajes reconocidos de Manizales. Sin embargo, lo que más valoro no son las visitas ilustres, sino la posibilidad de conversar todos los días con personas diferentes. Escuchar historias, compartir un café y hacer sentir bien a quien cruza la puerta, esa sigue siendo una de las mayores satisfacciones de mi trabajo”.
No dejar de soñar
Cuando se le pregunta qué mensaje le deja a las nuevas generaciones, responde sin titubeos. Nunca dejar de soñar. Esa es la frase que resume su vida. La de un niño pobre que llegó a Manizales con más necesidades que oportunidades, pero que jamás permitió que las dificultades definieran su destino. La de un hombre que encontró en el trabajo una forma de dignificar la existencia y que, después de tantas batallas, sigue atendiendo su negocio con la misma sonrisa de quien aún cree que los sueños se construyen todos los días.
Porque si algo demuestra la historia de Ramiro Giraldo es que la verdadera riqueza no siempre se mide en dinero. A veces se encuentra en una familia unida, en el recuerdo de los padres, en el cariño de los clientes, en una tribuna de fútbol o en unas sencillas migas que terminan convirtiéndose en patrimonio gastronómico de toda una ciudad.

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